martes, 24 de abril de 2012

La indolencia de algunos privilegiados

"Lo mío es mío, y punto" decía el gerente de una multinacional durante una conferencia a la cual asistí hace algunos años. El ejecutivo era un hombre bonachón, de acento extranjero, y muy básico en cuanto a su cultura. Siempre he pensado en esa bendita frase, que hace alusión al carácter absoluto del derecho de propiedad en el sistema capitalista. Una frase que se repite como dogma en nuestro diario vivir, que supuestamente es la base del "emprendimiento privado". "Sálvese quien pueda" podría ser otra variable de la citada proposición, o "mire a ver cómo sale adelante usted solito". La cooperación, la ayuda, la caridad, la filantropía, sólo son modas, o en el mejor de los casos, son unas prácticas que sólo llevan a cabo los tontos. Los avispados acumulan, ahorran, dominan, compiten. 

En los últimos días he sido testigo de ciertas prácticas odiosas, que podrían ser producto de la frase "lo mío es mío, y punto". Para empezar, en las noticias apareció el accidente que sufrió el rey de España durante un safari en Africa. Al monarca se le dañó la cadera. Sin embargo, los medios de comunicación entraron a criticar la actitud de don Juan Carlos, ya que si bien el rey puede hacer con su plata lo que quiera, también es cierto que España, su patria, está pasando por una situación bastante calamitosa, y entrarle a la caza de elefantes en Botswana no es muy buen ejemplo de estoicismo económico en momentos de crisis. El rey fue invitado por un millonario a realizar este rally siniestro, empero, a los españoles no les cayó en gracia este episodio que puso al jefe de Estado español a dar disculpas públicas. No soy partidario de la monarquía, mejor dicho no me gusta la figura monárquica en pleno siglo XXI, sin embargo, debe respetarse la decisión de los españoles de adoptar este sistema político para su país. El problema es que el rey se puso a viajar, y a viajar en grande, en momentos de crisis ecónomica. Los españoles tienen un desempleo que llega al 23%, y por lo tanto, no les causó gracia que su monarca matara elefantes en Botswana mientras que muchos de sus súbditos están desesperados porque no tienen ni para comer. Este es el primer caso de indolencia que quiero narrar.    

El segundo caso es el de la Cumbre de las Américas que se llevó a cabo en Cartagena de Indias, aquí en Colombia. No quiero entrar a analizar si la cumbre fue buena o mala, o si dejo algo o no. Lo que sí quiero decir es que ciertos episodios de la cumbre me resultaron odiosos por aquello de la gastadera. A los presidentes de América se les debe recibir con dignidad, con decoro, pero, una cosa es ser decentes y otra cosa es ser despilfarradores. En la comida que se desarrolló en el castillo de San Felipe hubo luces, música, y se contrató a un chef que trabaja en los mejores restaurantes de Bogotá. La cosa podría ser hasta normal, ya que recibir a treinta jefes de Estado y de gobierno requiere una buena cortesía, pero ¿por qué se gastó tanto en el show de luces? ¿Por qué se llevó a cabo al aire libre? ¿Por qué se contrató a un top chef de Bogotá? Yo pienso que una comida sobria en un salón de un hotel bastaba, lo demás es despilfarro. Otra cena en la casa de huéspedes ilustres estuvo amenizado por cantantes como Carlos Vives y Fonseca, y tuvo un espectáculo cuasi teatral. Vuelvo e insisto, hubiera sido más digno y decoroso hacer una cena en un hotel a puerta cerrada, con cantantes "normales". Quiero que quede claro que no critico la cumbre o sus conclusiones, de hecho, el presidente Santos me cae hasta bien. Pero, hay que recordarles a nuestros gobernantes que Colombia es un país con limitaciones económicas, no es una potencia mundial, y que hay cerca de veinte millones de pobres y ocho millones en estado de indigencia. Cartagena es una ciudad con deficiencias, con un grave problema social, y armar cenas de Estado que cuestan millones de pesos es poco menos que "indolente".  

El tercer caso de indolencia, o de cuasi indolencia, es el de comprar boletas de 800.000 pesos para ver a un cantante. La semana pasada en Bogotá se presentó el ex Beatle Paul McCartney, y mucha gente asistió al estadio El Campín para verlo en persona. Quiero decir que no fui al concierto porque no tenía plata, pero, tampoco hubiera pagado más de 50.000 pesos por ver al ex Beatle, por muy famoso que fuera. Vuelvo e insisto, Colombia es un país pobre con 20 millones de pobres, y con 8 millones en estado de indigencia. Gastar más de 50.000 pesos  para asisitir a un concierto de rock es poco menos que indolente, pero, gastar 800.000 pesos raya con lo grotesco y con lo cruel. 

Tres casos de indolencia, que muestran la actitud de algunos privilegiados, muchos de ellos piensan que son especiales, que Dios les dio plata a ellos porque son bonitos y huelen bien, pero, la verdad si se mira desde otro punto de vista es diferente. Dios les dio plata a muchos para que la sepan administrar, para que inviertan en cosas útiles, para que ayuden a los demás. Nuestro planeta vive una crisis sin precedentes, el  hombre por primera vez en milenios podría desaparecer de la faz de la Tierra completamente por su propia mano, mejor dicho, el palo no está para cucharas. Más de 930 millones de personas en el mundo no tienen para comer, yo pienso que no es hora para safaris, ni para costosas cenas de Estado con espectáculo teatral incluido, y tampoco como para pagar costosas boletas por dos horas de rock que se pueden degustar en la sala de la casa. La indolencia de los poderosos causa inconformidad en los oprimidos, en los que no pueden darse lujos grotescos, en los que viven para trabajar y para comer. Recordemos que Luis XVI y María Antonieta vivían como seres indolentes en Versailles, con lujos extremos, mientras su pueblo sufría de hambre. Fueron decapitados posteriormente, producto de la furiosa rabia de la muchedumbre. No es momento para despilfarros, es momento para compartir, para ayudar, para avanzar con justicia. Cuando los privilegiados entiendan que NO son privilegiados, y que en realidad son seres humanos como TODOS, empezará una nueva era de justicia y de prosperidad en este planeta.       

jueves, 19 de enero de 2012

El salvajismo de los arribistas: Las corridas de toros

El alcalde de Bogotá Gustavo Petro ha tomado partido con respecto a este espectáculo. El Distrito Capital no dará dineros públicos ni enviará representación a las corridas de toros. Para algunos la posición del alcalde es una simple decisión populista, aprovechando que supuestamente la gran mayoría de los ciudadanos son antitaurinos, para otros, la posición de Petro es acertada. En mi opinión, no me interesa que los motivos del alcalde sean mezquinos o no con respecto a las corridas de toros; lo cierto es que comparto la postura oficial del Distrito, ya que las corridas de toros son simples espectáculos circenses llenos de sangre y de humillación.

Las corridas de toros son herencia de un antiguo ritual griego de los misterios de Mitra, en los cuales se sacrificaban estos animales para simbolizar la superioridad de la razón sobre los instintos. Las corridas de toros son herederas de estos rituales de sangre. Los españoles nos dejaron estos espectáculos, que en gran medida también son derivaciones de las sangrientas orgías con leones que se desarrollaron en el coliseo romano. Hoy en día, estas corridas se desarrollan en medio de un ritual de arribismo y esnobismo. Muchas personas que van a estos espectáculos desconocen el ritual milenario del cual deviene la fiesta taurina, e incluso, no les gusta el show macabro, sino que simplemente asisten para que los vean en las tribunas ataviados de sombreros, y de una bolsa de cuero donde consumen licor.

La tauromaquia ha sido expuesta por algunos como una especie de arte, o como un deporte, o como una tradición cultural, sin embargo, si bien es cierto nuestra herencia hispánica ha practicado las corridas de toros por siglos no por eso el espectáculo taurino es válido o moral. A contrario sensu, las corridas de toros son burdas fiestas de sangre donde se somete a un toro a humillación y tortura so pretexto de no morir en un matadero a sangre fría. Los taurinos (aficionados a los toros) exponen con ímpetu de letrados que la tauromaquía es bella porque muestra la confrontación del hombre contra el animal, pero, se les olvida mencionar que no es la lucha limpia de un hombre contra un animal, sino de varios hombres armados contra un indefenso toro. Sería una lucha limpia si el torero saliera a darse puños con el toro, sin la ayuda de banderillas, espadas, o banderilleros.

Los taurinos opinan que hay una hipocrecía por parte de los antitaurinos con respecto a este espectáculo, ya que afirman que estos últimos en su gran mayoría son consumidores de carne. Mejor dicho, los taurinos opinan que si se prohiben las corridas también se debería prohibir el consumo de carne porque allí también se sacrifican animales. Esta posición es absurda, e ignorante. El consumo de carne es una necesidad para muchos seres humanos, ya que por motivos nutricionales ciertos componentes alimenticios sólo se pueden encontrar en la carne animal. Sin embargo, una cosa es matar un pollo con respeto y con el propósito de saciar el hambre, y otra cosa es torturar a un toro como espectáculo para saciar las necesidades de esnobismo, arribismo, y lagartería de un sector de la sociedad. En la religión judía por ejemplo se mata al animal con respeto, incluso, son los rabinos los únicos autorizados para sacrificar animales en un ritual sobrio y discreto que pide permiso a la víctima; y no una corrida con borrachos y filipichines tomándose fotos para salir en las páginas sociales de las revistas de farándula. Por eso, decir que el alcalde de Bogotá también debería prohibir el consumo de carne, ya que está en contra de las corridas de toros, es absurdo. El consumo de carne es nocivo, cuando se hace en exceso, y posiblemente hacia futuro toda  la sociedad humana sea vegetariana, pero actualmente, por motivos morales, mentales, y nutricionales prohibir el consumo de carne es imposible y no se puede asimilar o igualar con el vergonzoso espectáculo de la corrida de toros. Estoy de acuerdo con el alcalde Petro, los recursos del Estado no se pueden utilizar para rituales de sangre, porque estoy seguro que todos aquellos que aman los rituales de sangre con animales, también tienen una secreta predilección por los rituales con sangre humana. Por eso, si este país quiere cambiar, deben prohibirse los rituales circenses con animales de todo tipo; es un imperativo moral y cultural, debe imponerse la cultura de la vida en Colombia, y dejar atrás la cultura de la largartería y del esnobismo que ve la muerte como una simple anéctoda para divertirse un domingo por la tarde.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

martes, 25 de octubre de 2011